Saborear el mezcal requiere al menos tres pasos, desde luego
bebiéndolo solo, sin mezclar, para aproximarse lo más posible a su estado ideal
de pureza.
El primer trago debe sentirse en la lengua, para enseguida inundar
el paladar y el sentido del olfato, ambos deben de permitir captar ese sabor a
tierra y a humo, a la tierra mineral de Matatlán y al aire vegetal del agave.
El primer trago es para destacar la atmósfera de la bebida.
El segundo paso es dejar que resbale por la garganta, para
sentir su cuerpo, el cual despierta las sensaciones que produce una bebida con
ese carácter regio que lo identifica. En ese momento el sabor debe esparcir, es
decir, cubrir toda la gama de sensaciones, sabores y regustos en el paladar, dejándolo
ansioso y dispuesto.
El tercer paso es sentirlo caer en el estómago. Un cálido agasajo que acicala el ánimo,
atemperando y haciendo más noble lo noble. Por eso bien dicho el dicho de
Matatlán.
“Para todo mal, mezcal y para todo bien, también y si no
hay remedio pues litro y medio".

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