Una vez cosechadas las piñas de maguey, sin ningún proceso
industrial, sino artesanal, se cuecen en un horno subterráneo, donde en el
fondo se colocan piedras y fuego alimentado con leña. Encima se acomodan las
piñas y luego se cubre el horno con petates y tierra dejándose en las entrañas
de la tierra por 5 días para su correcta cocción, luego de la cual el maguey
adquiere un color acaramelado y de sabor dulzón.
Una vez que se enfría, se tritura con la ayuda de una noria
rustica, tirada por una mula, el bagazo, la pulpa y el jugo se juntan para
llevarlos a unas tinas de fermentación natural, donde el proceso exige una semana
o más, dependiendo del clima que haya en ese momento.
Otra vez la naturaleza trabajando para el mezcal. Con este
caldo puesto a punto, al que se llama “tepache” se pasa a destilar al alambique
calentado por leña, repitiéndose el proceso para ganarle cuerpo al mezcal, cuya
doble destilación lo hace respirar y definir su carácter. Posteriormente se
envasa a su sabor.
Este es su secreto…. Por favor no lo divulgue entre quienes
no sean amigos, pues es una tradición familiar que debe quedarse entre eso;
entre familia. Si bien a de recordarse que en Matitlán la tradición dicta que
la primera y la última gota de la copa, no pertenece a la persona, sino a Padre
Dios y a la Madre Tierra y a ellos se debe dedicar.
¡Salud!


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